Apreciado lector, como sin duda sabe tras ver la colorista portada, esta revista ha decidido que las tripas de su primera edición del año vengan plagadas de vaticinios y uno mismo no quiere sustraerse a la tentación de seguir abundando en ello. Y concretamente en un término que viene masivamente no solo para quedarse sino además para sentar sus reales a lo grande en esta sociedad hiperconectada que nos toca.

Algoritborgs: todos seréis asimilados
Luis G. Fernández
Editor
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Ya en tiempos helénicos clásicos la adivinación intuitiva se practicaba con gran pompa y profusión. Esta milenaria práctica –que responde al curioso nombre de raíz griega hieroscopia–, se centraba mayormente en examinar tres ‘componentes’ de las vísceras de un animal degollado y proyectar a futuro las sensaciones percibidas.

 

Tal que hoy, en nuestro tiempo presente las venerables prácticas antes mencionadas están siendo sustituidas por un nuevo palabro viral predestinado inequívocamente a quedarse en nuestras vidas: me refiero a ‘algoritmo’, poliédrico término de origen etimológico árabe cuyo fin último en informática es adentrarse en los arcanos de los bits y contribuir a mejorar nuestra existencia a partir del excelso maná de las fuentes masivas de datos de las que succiona merced a constructos de diseño premeditadamente gestados para lograr propósitos más o menos transparentes y bienhechores.

 

Ya en estos días, la sociedad tan nuestra está empezando a conocer algunos efectos derivados del uso extensivo de estos ‘procesos’ lateropensantes orientados a nuestro bienestar. Por ejemplo, sabemos ya de Euphemia, el algoritmo que fija el precio de la luz en España y en otros 22 países, respondiendo al fin último de “maximizar el bienestar social e incrementar la transparencia del cálculo y los flujos resultantes”, según el organismo gestor de dicho mercado, el OMIE (¡).

 

Este término, tan cercano y arcano a la vez, presagia un tsunami de ‘matematocracia’ en nuestras vidas (término sabiamente traído a colación por José María Anguiano, un pionero del derecho y las TIC en estos lares que recientemente ha publicado un lúcido y lacerante artículo centrado en ello, donde con crudeza, vaticina el inexorable reinado orweliano de este sistema dícese democrático). En su texto el autor augura con prístino olfato el decisivo –e irremediable– rol de poder operacional llevado a cabo por este tipo de creaciones y su brutal desembarco y aplicación masivos en todo lo que nos concierna y penda de las TIC e internet.

 

De este inquietante porvenir se me ocurre lanzar al aire un par de preguntas: ¿será apetitoso atacarlos (y alterar su propósito inicial con alguna intención artera? y ¿cómo de atinadamente (y no de interesadamente) obrarán para solucionarnos los problemas sus huestes y adláteres (bots y demás)?

 

A colación de ello, un servidor, fan acérrimo de la franquicia Star Trek y muy especialmente de la irrupción de la civilización Borg en su universo, no puede dejar de recordar hoy y ahora la tenebrosa y fatídica frase sentenciada por el organismo colectivo alienígena invasor que precedía a su desembarco en nuestra civilización: “La resistencia es fútil, todos seréis asimilados”.

 

En estos tiempos de oxímoros rampantes, en los que algunos propugnan una veracidad alternativa y los hechos son humo que campa a sus anchas por las redes de la ingenua y maleable sociedad digital, ¿quién manejará los algoritmos? ¿o debiera decir los algoritborgs?

 

Es ahora cuando retornan a mi cabeza, y no casualmente, míticos estribillos sesenteros de Los Sirex que, claro, me da por adaptarlos al sentir actual. Uno decía: “Si yo tuviera una escoba… cuantos (algoritmos) barrería” y otro sentenciaba: “Que se mueran los feos (algoritmos) y no quede ninguno”.

 

Ciudanautas, con hondo pesar cabe predecir que sobrevienen nuevas amenazas con la golosa intención de asimilarnos. No sé si la resistencia será fútil pero sí que representa una amenaza persistente avanzada de las de verdad. Y la ciberseguridad habrá de sumergirse en ello le guste o no. Al tiempo.

 

 

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