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Cerrándose mayo, en un evento de calentamiento de campaña la canciller alemana dejó caer algo sumamente trascendente: los viejos buenos tiempos de la Unión Europea en los que también Reino Unido y EEUU remaban en la misma dirección en pos de mantener un modelo occidental de cultura y civilización -prosperidad digital incluida– tienen visos de concluir. En dicho acto Merkel expuso las fuertes desavenencias de la visión europea respecto del singular actuar transatlántico estadounidense, propugnado por su polémico presidente actual, y de un Reino Unido que recula, se repliega y reniega de la UE.

¡Atémonos los machos!
Luis G. Fernández
Editor
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Con letal literalidad Merkel sentenció: “los tiempos en los que nos podíamos fiar completamente de los otros están terminando. Nosotros los europeos debemos tener realmente nuestro destino en nuestras propias manos, debemos saber que es necesario que nosotros mismos luchemos por nuestro futuro”. Ea.

 

Así, cabe colegir que la histórica y ‘diáfana’ cooperación que se ha venido manteniendo en las últimas décadas con ambas potencias parece tocar a su fin toda vez que desde tierras alemanas se aboga por revisar incluso los servicios secretos de Estados Unidos (por otra parte, algo requeterazonable a la luz de las goteras y trapacerías de este ofuscado, pertinaz y últimamente poco sagaz colectivo). Este planteamiento de la canciller da alas a esa emergente percepción que aboga por una Europa que abandone de una vez su errónea gestación inicial y torne a un proyecto más maduro, sólido y pragmático en el que, entre otros enfoques críticos, no cabe ya depender estrictamente de la supremacía de papá USA y de mamá OTAN en tanto apagafuegos y mayoritarios suministradores de soberanía tecnológica. A este riesgo geoestratégico no es ajena la ciberdelincuencia

 

Por otro lado, en los pasados días del tsunami WannaCry sucedieron muchas cosas que inducen a una muy intensa reflexión sobre el ciberblitzkrieg acontecido. Una de las principales es la cuestión de cómo es posible que un gusano criptodiarréico pusiera en jaque a cientos de miles de máquinas IT y OT en más de 150 países contagiando incluso a procelosos vigilantes al tiempo que oferentes de soluciones y servicios de ciberseguridad, que no hicieron bien sus deberes de parcheado. O que mismamente se pusieran en sonrojante evidencia las severas y bisoñas deficiencias de actuación de no pocos gabinetes de crisis de señaladísimas corporaciones, negando la mayor pero por si acaso, al tiempo apagando los ecosistemas TIC.

 

Y la cacareada cooperación se manifestó con tibieza generalizada en lo institucional si bien el buen hacer de las personas más directamente concernidas palió grandemente la atmósfera taifal. Y qué decir del sector público –léase entes, organismos y administraciones–. A la hora de comer del viernes a muchos de ellos se les cayeron los bolis de las manos, y en guapo disfrute del finde, evidenciaron su lastimosa precariedad y lentitud en reacción, paliando su atolondrada tardanza con informes de no pocos abnegados fabricantes de ciberseguridad a quienes se les anonimizaba su tarea adosándoseles el logo institucional de turno.

 

Gozar del mundo hiperconectado, tan complejo y jugoso él, tiene un precio. Alto, crecientemente alto. Países, empresas, ciudadanos de a pie y mafias hacen uso de él. Queda meridianamente claro que todo quisque ha de someterse a una debida concienciación y sensibilización para saber cómo desenvolverse y sobrevivir en tamaña jungla digital. Y esta formación y educación ni se ha conseguido ni se va a conseguir con buenas palabras, sino con empeño decidido, medios, regulaciones y muchísimos euros.

 

Así que, arrimando el ascua a nuestra sardina continental, y visto que los aliados de toda la vida se torpedean ya sin disimulo –algunos incluso coqueteando con uno de los otros bandos– mal nos va a ir si no nos apretamos los machos, espabilamos en conformar una Europa mejor conectada y más protegida, con mecanismos de ciberdefensa propios, una industria apoyada y acorde a dicho propósito y una sensibilidad por la privacidad afín a nuestros valores, menos flácidos con la intimidad que los de otros. Sea.

 

 

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