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En estos tiempos tan vibrantes en lo deportivo y tan desafectos en lo político bien merecen una reflexión los movimientos que, de un tiempo a esta parte, vienen realizándose en esta Europa tan agitada, tan desunida, tan nuestra. Me refiero a la gestación de campeones de la ciberseguridad, capaces de competir con garantía en una jungla digital global que no entiende de geografías ni de legislaciones locales.

Campeones de la ciberseguridad
Luis G. Fernández
Editor
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El botón de muestra lo tenemos bien cerca. En febrero pasado Francia, en boca de su ministro de Defensa, Jean-Ives Le Drian, anunció algo histórico: el llamado Pacto de Defensa Cibernética, un proyecto que contempla una inversión de 1.000 millones de euros. Objetivo: actualizar su tecnología al nivel de la de otros socios de la OTAN. Toma ya.

 

¿Y por dónde medran y deambulan? Pues en todos los frentes que conforman el mercado y la disciplina.

 

La excitación en los mercados de nuestro país vecino ante este hecho y también la agitación ante el manifestado deseo gubernamental de propiciar nubes privadas confiables, no se ha hecho esperar. Eso explica a las claras los recientísimos coqueteos entre Thales y Alcatel-Lucent, encaminados a conformar una potente oferta en tecnologías y servicios de ciberseguridad, para, con ellos, aspirar a sustanciosas tajadas de esta pujante cibertarta gala.

 

Y esto no ha hecho más que empezar. Un nada despreciable monto de 640 millones de euros acaba de ser puesto encima de la mesa por Atos para hacerse con un histórico de las TI en el viejo continente: Bull, sin duda todo un superviviente. Dando por sabido que los activos y expertise en externalización y servicios en la nube erigían a la multinacional francesa del logo verde en nítido candidato a engrosar estas capacidades en la adquirente, sin duda obsesionada por erigirse en jugador destacado del análisis masivo digital, confieren además a la entidad resultante una potencia colosal en los frentes de la ciberseguridad.

 

Por estos pagos ibéricos, cómo no, el espabile sigue brillando por su ausencia. Nuestros flamantes campeones de ciberseguridad –¿haylos?– siguen su perezoso y disperso deambular local, sin querer advertir que a la vuelta de la esquina, quienes acechan son, además de la consabida caterva de mafias digitales y restante fauna oscura, otros competidores con ideas más frescas, más agresivas y con recursos inteligentemente puestos en juego (BT Security dixit).

 

Tal vez las enésimas inyecciones –dineros portugueses mediante– prolonguen y disfracen la agonía algún tiempo más o los sucesivos reacomodos vertico-horizontales dilaten la ineficiencia de alguna multinacional española que, sorprendentemente, todavía sigue mirándose desenfocadamente el ombligo aún a sabiendas de estar lejos de cumplir sus expectativas de mercado.

 

 

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