Eyes Wide Shut

Con más de un cuarto de siglo, Internet –o la Web como muchos la conocen–, se ha asentado y apoderado de todas las escalas del vivir humano. Con sus padres fundadores todavía vivos, llegan noticias de una posible reinvención de ese ser, que restaure en él los valores igualitarios y distribuidos originales. Es tiempo de prestar atención a lo que nos rodea y a las nuevas propuestas –entre ellas SOLID– que puedan corregir vicios profundos de la ciberrealidad actual. Quizás lo interesante esté todavía por llegar.

Ha pasado ya mucho tiempo desde que Sir Tim Berners-Lee1 diseñase en un papel un conjunto de ficheros relacionados por flechas entre sí, y que eso terminaría siendo lo que hoy conocemos como la Web2 que, para muchos, es sinónimo de Internet3 (aunque no son lo mismo).

El origen meramente académico de estas propuestas duro hasta 19954, momento en el navegador Netscape iluminó la Web para todo el mundo. También fue en ese momento cuando se planteó quién correría con los gastos, quién pagaría la infraestructura de la Web y de Internet. La idea de que los costes no repercutieran sobre los usuarios de esa futura red universal, probablemente fue la tentación que hizo fácilmente aceptable que fuesen intereses privados los que, en principio, a través de la publicidad, costeasen el nuevo escenario. En ese momento se abrió la veda del Comercio Electrónico5 y todos en aquellos años “vieron lo que habían hecho y vieron era bueno en gran manera” (Gen 1:316).

Alguien continuó con el sueño y alrededor de 2004 se propuso7 un nuevo enfoque que se llamaría la llegada de la Web 2.08. Se pretendía superar el carácter hierático de la Web conocida hasta entonces y construida por la agregación de páginas web personales (físicas y jurídicas) y meramente exhibicionistas (read only). En esta nueva versión se pretendía incluir el dinamismo y entregar el protagonismo a los usuarios, permitiéndoles ser generadores de contenido e interactuar entre ellos a niveles más humanos.

En ese momento, una desconocida compañía llamada Google, se centró en proporcionar a los Internautas servicios de búsqueda de enlaces a cualesquiera contenidos accesibles en la Web. Las respuestas que entregaba estaban ponderadas según su “reputación” en la red, que le asignaba un misterioso algoritmo llamado PageRank9.

Con ello nacieron las hoy bien conocidas y un tanto nocivas Redes Sociales10. Todo empezó con la aparición del software social11 del que son ejemplos los (web)blogs, las Wikis, MySpace, Facebook, Twitter, VKontakte, QZone, Telegram, Instagram y muchos otros.

Amparados en el interés colectivo, grandes y muy contados agentes pusieron en marcha infraestructuras de red que permitían implementar y perpetuar cualesquiera redes sociales actuales y extintas. En ellas, más de la mitad de la población mundial12 publica, lee e intercambia la información, algunas veces extremadamente detallada, de sus vidas, de sus necesidades, de sus preocupaciones, de su curiosidad.

Con el paso del tiempo mayor ha sido, y probablemente será, el uso de esas mismas redes sociales y buscadores de Internet para componer la cosmogonía13 de cada uno de los cada vez más físicamente solitarios usuarios de la red.

A través de esos canales, sus usuarios se enteran de qué pasa en el mundo (con news y fake news14), de qué preocupa en su entorno más cercano (trending topics15), de qué comentan los demás de lo divino y de lo humano, de cuánto valen ellos y cuánto se les considera dentro de esa supuesta colectividad a la que creen pertenecer a través de su número de followers, etc.

Así mismo, los ciudadanos del planeta vuelcan en esas plataformas y en los buscadores sus necesidades, sus dudas, sus miedos, sus obsesiones, sus miserias, sus hobbies, y todo ello sin darse cuenta plena de que toda esa información abandona irreversiblemente su ámbito privado para convertirse en información, en materia prima, con la que unos pocos hacen grandes negocios y otorgan grandes poderes.

Sobre una red con un diseño original netamente distribuido para poder tolerar cualquier ataque coordinado (TCP/IP), y con un sistema universal e igualitario de presentación de documentos (HTTP16), en lo que realmente se quedó la denominada Internet Colaborativa o Web 2.0 es en un enorme tinglado dedicado al comercio electrónico y a la monitorización permanente de sus usuarios17.

Al principio, como escusa y motor de ello, se habló de la publicidad (informar de lo que está disponible), después se pasó a hablar de marketing (convencerte de que lo necesitas), y ahora hablamos de Big Data y targeted advertising18, misteriosos quehaceres de unos pocos en los que se extraen categorías en las que ubicarnos a todos y cada uno de nosotros.

Todo esto está ocurriendo sobre infraestructuras técnicas (hardware y software) que son propiedad de un reducido número de empresas internacionales, con sede en EEUU en lo que nos compete a nosotros (Occidente), o en Rusia y China para sus correspondientes habitantes. En los últimos 23 años ha desaparecido cualquier tipo de equilibrio, de relación inter paris, que hubiese en la concepción académica original de Internet. En el caso de Occidente, esas compañías son más grandes que los propios Estados que las albergan, por lo que se escapan de sus soberanías, legislaciones, sistemas judiciales y casi de cualquier otro posible control efectivo.

En menos de un cuarto de siglo, los usuarios de Internet han pasado de ser participantes activos en ella, a ser productos que algunos vemos como pollos broiler19 hacinados y criados en granjas industriales a la espera de poder ser vendidos20 como carne.

Es lógico que aquellos que alumbraron la red académica original vean con horror en lo que las fuerzas de la realidad han convertido sus sueños. Por ello, Tim Berners-Lee, en una carta abierta21, dice: “Siempre he creído que la Web es para todo el mundo. Es por eso que otros y yo luchamos ferozmente para protegerla. Lo que hemos creado ha hecho un mundo mejor y más conectado. Pero a pesar de todo lo bueno que hemos logrado, la Web se ha convertido en un motor de inequidad y división; influido por fuerzas poderosas que lo utilizan para conseguir sus propias agendas”.

La iniciativa SOLID

Si lo hicieron una vez, quizás lo puedan volver a hacer y desde el MIT, Berners-Lee y otros han puesto en marcha un proyecto open-source, denominado SOLID22 (“SOcial LInked Data”), con el que persiguen devolver el poder y restaurar el protagonismo de los individuos en la futura Web. Se trata de un esquema compuesto por convenciones y herramientas sobre las que construir “aplicaciones Web descentralizadas” que operen sobre los principios originarios de los datos enlazados23, y que cumplan los estándares y protocolos auspiciados por el World Wide Web Consortium24.

El cambio de paradigma es que, en la nueva propuesta, los usuarios serían los que, en todo momento, gestionen sus datos personales y no tengan que entregarlos a gigantes digitales a cambio de migajas, que se concretan en servicios que quizás no necesitan. En cualquier caso, casi todo el mundo reconoce hoy el hecho de que esos gigantes digitales no se mueven por el mejor interés de todos sino para el suyo propio.

El eslogan de SOLID es regresar al equilibrio y devolver a cada uno el control completo de sus datos. Para ello, la nueva red nos dejaría elegir dónde se almacenan esos datos y, uno por uno, determinar qué usuarios y qué aplicaciones podrán acceder a ellos (True data ownership). Con ese desacoplamiento entre las aplicaciones y los datos que producen, los usuarios podrán evitar su actual dependencia del proveedor, y cambiar libremente de aplicaciones y servidores de almacenamiento sin perder ningún dato o funcionalidad social, a la vez que se reserva la gestión de su intimidad.

Según sus promotores, en SOLID los desarrolladores de aplicaciones serían capaces de innovar fácilmente creando nuevas aplicaciones, o mejorando las actuales, que reutilicen datos que ya existen y que han sido creados por otras aplicaciones.

Estas ideas podrían tener algo de interés si no fuese porque rápidamente las adornan con promesas de ser el medio en el habrá “oportunidades increíbles para la creatividad, la solución de problemas y el comercio”. En principio, su objetivo sería el de “permitir a individuos, desarrolladores y empresas, formas completamente nuevas de concebir, construir y encontrar aplicaciones (Apps) y servicios que sean innovadores, confiables y beneficiosos.

Para los promotores de SOLID “la gente quiere tener una Web en la que ellos puedan confiar”. En la que sus aplicaciones “les ayuden a hacer lo que ellos quieren y que no les espíen“ o les distraigan para comprar esto o aquello.

Curiosamente, SOLID toma como premisa para su iniciativa que la gente pagará dinero por este tipo de calidad y seguridades –a diferencia de lo que opinaba en 1995–, y pone como ejemplo de ello el almacenamiento de pago en la nube que se hace ya hoy en día.

A título de ejemplo, en marzo de 2018, Dropbox entró en el Nasdaq y declaró que tenía 11 millones de usuarios de pago, incluyendo ahí los 300.000 usuarios de su versión para empresas. Sin embargo, el número de usuarios activos ya entonces superaba los 500 millones de usuarios y puede que ya haya llegado a los 540 millones que tenían previsto para finales de 2018. Por tanto, el porcentaje de usuarios de pago en Dropbox era de poco más de un 3% del total.

Ese indicio en los postulados de SOLID nos hace sospechar que, en el fondo, sus promotores están pensando en una Internet para usuarios profesionales en la que haya nuevos actores no-tan-gigantes-digitales como los de ahora, pero no el 97 % restante, el porcentaje de los usuarios que utilizan servicios como los de Dropbox pero no pagan por ello.

Aunque pueda sonar bien lo de devolver los datos privados a sus propietarios legítimos, en realidad propuestas como la de SOLID no resuelven el problema ya que, en la situación actual, son esos mismos titulares de los datos los que asienten a ciegas ante Contratos y Términos de uso que no han leído, no leerán y con dificultad entenderían.

Si se quiere construir una nueva Internet que preserve la intimidad individual, la libertad de todos sus agentes, que impida el pastoreo selectivo y desmonte el gran sistema de espionaje y monitorización masiva que es la actual Internet, lo que hay que hacer es luchar contra el centralismo de la red. ¿Por qué cualquiera que quiera una cuenta de correo electrónico tiene que irse a Gmail, Outlook o similares? ¿Por qué no son (por ejemplo) los ayuntamientos los que proporcionan cuentas de correo gratuitas a quien se las pida? Igual que proporcionan aceras, calzadas y alcantarillado, también deben proporcionar servicios en la red. Internet, la Web y todos sus servicios de información asociados deben considerarse como infraestructura pública bastante esencial que debe ser pagada colectivamente a través de los impuestos de quienes la utilizan y la necesitan (que somos todos).

¿Por qué tenemos que guardar nuestras fotos y documentos en servidores al otro lado del Atlántico y no en el colegio público de nuestros hijos, en las Juntas de Distrito o en las Universidades? ¿Por qué tengo que publicitar las cuitas sociales de mi vida en (por ejemplo) un pueblón manchego en un Facebook, Whatsapp o Instagram planetarios que Dios sabe dónde guarda mis cotilleos y qué hace con ellos? Nuestro entorno y nuestras relaciones personales son esencialmente locales y no justifican infraestructuras centralizadas como las que reinan actualmente en Internet. Debemos abogar por redes sociales y sistemas de mensajería que sean múltiples, distribuidos, locales y bajo el control exclusivo de sus usuarios.

Lo que tiene que ser universal es el acceso a la información, no la difusión de cualquier cosa relacionada con datos, comportamientos o necesidades personales. La información no personal del mundo sí debe estar al alcance de las yemas de nuestros dedos, pero ni nosotros ni nada relacionado con nuestras vidas individuales o localmente colectivas, deberíamos estar al alcance de cualquier gobierno, administración, agencia de inteligencia, fuerza policial, fábrica de troles, o empresa en general y de publicidad/propaganda en particular. No hay, ni nunca hubo razón técnica alguna por la que Internet y todo lo que tiene asociado, no fuese exquisitamente respetuoso con la intimidad humana.

El ‘pastoreo de masas’

Sin embargo, no hay que olvidar que “el propósito de los medios masivos no es tanto informar sobre lo que sucede, sino más bien dar forma a la opinión pública de acuerdo a la agenda del poder corporativo dominante25, y que “nadie está más perdidamente esclavizado que aquellos que falsamente creen ser libres26.

Desde antaño, las clases dominantes tienen bajo su influencia las escuelas, la prensa, la administración y, cómo no, las Iglesias, lo que les permite organizar y dirigir las emociones de las masas para convertirlas en su instrumento. Internet y la Web no han sido ajenos a este destino, y hoy es difícil pensar en que podamos volver en el ciberespacio a los orígenes igualitarios y distribuidos de hace tan sólo treinta años.

Ya lo dijo George Orwell en su obra 1984, “Llegará un momento en que la gente no se rebele. No levantarán los ojos de las pantallas el tiempo suficiente como para darse cuenta de lo que está sucediendo.” La Internet/Web que hemos dejado a nuestros menores, a nuestros herederos se ha convertido en un mecanismo idóneo para el pastoreo de masas.

¿Y qué hacer entonces?

Técnicamente se podrían hacer nuevos diseños y desarrollos que expulsasen el centralismo congénito y pernicioso de nuestro ciberespacio actual, pero los únicos que podrían propiciarlo son los usuarios, las comunidades de internautas cansados de un Matrix que, sin saber muy bien cómo, ha llegado en silencio y se ha instalado en la vida de más de la mitad de la población mundial. Sin embargo, esos usuarios siguen sin levantar sus ojos de las pantallas…

Los venerables padres de la Internet de finales del Siglo XX no parecen haber entendido realmente esto, y solo promueven cambios de forma, pero no de esencia. Lo único cierto es que Matrix va a seguir evolucionando y cada día son más las pantallas que secuestran nuestra mirada y nos ciegan.

1 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Tim_Berners-Lee
2 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/World_Wide_Web
3 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Internet
4 Ver https://www.wired.com/2005/08/tech/?pg=2
5 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/E-commerce
6 Ver https://www.biblegateway.com/verse/es/Génesis 1:31
7 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Web_2.0_Summit
8 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Web_2.0
9 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/PageRank
10 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Social_web y https://en.wikipedia.org/wiki/Social_networking_service
11 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Social_software
12 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_countries_by_number_of_Internet_users
13 Ver https://es.wikipedia.org/wiki/Cosmogonía
14 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Fake_news
15 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Twitter#Trending_topics
16 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Hypertext_Transfer_Protocol
17 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/PRISM_(surveillance_program
18 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Targeted_advertising
19 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Broiler
20 Ver https://elpais.com/economia/2018/06/29/actualidad/1530291891_706547.html
21 Ver https://www.inrupt.com/blog/one-small-step-for-the-web
22 Ver https://solid.mit.edu/ o https://solid.inrupt.com/
23 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Linked_data
24 Ver https://en.wikipedia.org/wiki/W3C
25 Ver https://www.voltairenet.org/article145977.html
26 Johann Wolfgang Goethe (1749-1832)

Uso de cookies

Para poder acceder a este sitio web es necesario que preste su consentimiento para que el mismo pueda almacenar o acceder a cookies en su dispositivo.

Puede otorgárnoslo haciendo clic en “Aceptar”.

También puede obtener una información más detallada accediendo a nuestra. Política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies