La ciberseguridad en celo
La verdad, quiĆ©n nos iba a decir a estas alturas que nuestra querida y sufrida ciberprotección iba a estar impregnada de tanto glamur. Pero sĆ, la ciberseguridad estĆ” en celo. Y, al parecer ademas de cautivar y excitar, tambiĆ©n cela y muestra celo.
Al margen de su incuestionable fulgor actual, a su vera merodean de modo creciente y per se no pocos empeƱados en cortejarla. Por muy diversas razones, todas ellos interesados en exprimir una golosa y āfecundaā coyuntura. Y, claro, se la ensalza, se la arrima y se la utiliza.
Nuestro pujante āoficioā despierta instintos y procede mosquearse con la sonrojante āprĆ”cticaā de la que muchos hoy hacen gala para manosearla, ya sean jetas procedentes del paracaidismo mĆ”s recalcitrante ya actores abocados a tener que interiorizarla para salvar el pellejo de sus cometidos gerenciales ānaftalinadosā. Cosa distinta es la oleada de regulaciones āmayormente europeas, estadounidenses y sectorialesā encaminadas a revestirla de madurez, que ya iba siendo hora.
Mismamente, al mandatario estadounidense le lleva saliendo humo de su pluma tras firmar sin parar leyes, decretos y regulaciones. Biden estÔ imbuido de muchas dimensiones de la ciberseguridad cuando, sin tregua, su presidencialista voluntad da curso a piezas legales que perfilan y ceban el acerbo gringo en estas materias tecnológicas, tan cruciales para que su dominio digital no se le desmorone.

Luis G. FernƔndez
Editor
lfernandez@codasic.com
De igual guisa sucede en nuestro venerable continente. El tsunami legislativo que en estos recientes meses estamos constatando con la llegada de directivas a mansalva, cariƱosamente denominadas por quien esto firma como āNISiā, āDORiā y āLECiā, evidencian la inevitabilidad por parte de los primeros ejecutivos de corpus actoral empresarial europeo de tener que comprometerse con diligencia debida y firmeza al cumplimiento de cara a gestionar los riesgos tecnológicos.
Se acabaron los tiempos de inhibirse gratis y de ver los cibertoros desde la barrera (mientras solo āy como siempreā eran penalizados los departamentos tĆ©cnicos con foco en ello). SerĆ” inexorable que la alta dirección se involucre al mĆ”ximo para entender mejor su propio ecosistema empresarial y se esmere en salvaguardarlo. Afortunadamente, hay primeros ejecutivos con enorme soltura tecnológica y gracejo en ciberprotección. Pongamos que hablo de, por ejemplo, Ana BotĆn y Antonio Huertas.
SerĆa deseable cuando no mandatorio, que los Consejos de Administración establecieran sinergias robustas entre sus Ć”reas tecnológicas ācon alta carga de la dimensión digitalā, la estrategia corporativa y la creación de valor, conformando un potente tridente con una visión y unos objetivos nĆtidos al respecto. A fin de cuentas, se tratarĆa de anticipar los riesgos y amenazas potenciales y minimizarlos, y, al tiempo, impregnar a los ejecutivos del conocimiento necesario para que tecnologĆas digitales de nueva ola consoliden el devenir competitivo de la compaƱĆa. Este plan deberĆa molar.
Con todo, y como botón de muestra sombrĆo de lo que sobreviene, por ejemplarizante y por no hacer los deberes, bien vale la pena recordar el severo y ārecientitoā tirón de orejas āy subsiguiente multa de 3,1 millones de eurosā que el Banco Central Europeo propinó recientemente a Abanca, por el ofuscado incidente de 2019 y el retardo en comunicarlo a las autoridades concernidas en el plazo exigido. Un aviso a navegantes que no atinaron a prevenir la pĆ©rdida, por mucho celo y empeƱo que aparentemente se pusiera en evitarlo.
En nuestro Ć”mbito local, tambiĆ©n la ciberseguridad deslumbra lo suyo. Como serĆ” que hasta nuestro apuesto presidente SĆ”nchez, allĆ” por la primavera pasada, hechizado por completo por un tema atractivo, āmodelnoā y morboso, sucumbió a los encantos de la ciberseguridad y la utilizó como potente palanca de visibilidad para anunciar un suculento plan nacional dotado con 1.000 millones de euros, los cuales, por cierto, a dĆa de hoy, en buena parte aĆŗn deben estar pululando por el Ć©ter.
Como colofón a estas reflexiones procede tambiĆ©n hacer algĆŗn examen de conciencia sectorial y atarnos los machos sobre adónde vamos y quĆ© queremos hacer de mayores en esta nuestra profesión, porque, tal vez, algunos no alcanzan a enterarse y evangelizan con retardo lo palmario de hace dĆ©cadas, revistiĆ©ndolo de neoconsultorĆa de perogrullo.
No hace mucho una pizpireta asociación con flamante derivada anglófila en su denominación āaunque haga referencia expresa a su operativa en nuestro paĆsā, convocó un sarao regional con el ingenioso e hĆbrido tĆtulo de āEl CISO cerca del boardā. El ortopĆ©dico eslogan aĆŗn se vio mĆ”s engrandecido poco tiempo despuĆ©s por la inĆ©dita afirmación de su presidente vitalicio āy socio de una de las Grandes Cuatroā, quien en otro de sus eventos acabó de rematar lo palmario de su sentencia tambiĆ©n en modo bilingüe: āā¦lo que el Board necesita es un CISO que comprenda el negocioā. Ā”Eureka! a estas alturas algunos comienzan a saber quĆ© poco saben.
Ante estos inauditos mensajes ya pelĆn viejunos, mĆ”s les valiera a sus chamanes de voraz apetito agenciarse un fueraBoard e irse mar adentro a evangelizar a las cibermerluzas C-level con mĆ”s retromensajes ansiolĆticos, exfoliantes y cibersostenibles para un mayor recorrido comercial. A fin de cuentas, se trata de vestir con chicha la apariencia. Y lucirla.
Total, hay que admitir que, ante una mayor percepción generalizada de las amenazas digitales, como nunca la ciberseguridad se estĆ” dejando querer y en un periodo indudablemente fĆ©rtil, su fecundación digital es exuberante y bidireccional. Todo quisque se arrima a la niƱa bonita āaunque pelĆn incómodaā de la flamante transustanciación tecnológica encomendĆ”ndose a los psicotrópicos de la ciberprotección, no vaya a ser que le monten una huelga de celo. Eso no es sexi.


