ā€˜Insolvencers’ y crecepelistas

Aunque a uno le dĆ© cierto vĆ©rtigo decirlo, un servidor lleva ya enfrascado en estos asuntos de la ciberprotección Ā”mĆ”s de 12.000 dĆ­as! Y claro, ha visto de todo. Y hoy, ahora, fastidia estar viendo demasiadas cosas que no se tendrĆ­an que ver. Algunas de ellas constatan el tembleque descreĆ­do que en el plano genĆ©rico atraviesa la sociedad y otras –las que mĆ”s vienen al caso– tienen vinculación directa con mi oficio: el periodismo genuino, y con la derivada concreta que viene al caso: la especialidad profesional, centrada en la divulgación de las ā€˜cosas del proteger’ y su parasitación.

Como pocas, esta disciplina lleva siendo crecientemente zarandeada por el maelstrom triturador que son las redes de toda índole, desbocadas, aviesas, populoides, teledirigidas y de fÔcil digestión para un apanfilado demandante, que pica y traga todo lo que se le ofrece. Duele constatarlo, pero la veracidad anda huérfana de solicitantes y el criterio discernidor brilla por su ausencia, para goce de sus guiñoles y de los sacrosantos tecnoinstigadores de alcance planetario.

Este panorama desolador tambiĆ©n tiene lugar en las encrucijadas digitales del tablero de la ciberseguridad –en su mirĆ­ada de plasmaciones–, donde toda suerte de especĆ­menes sucumben a la tentación de practicar el intrusismo comunicativo –seguramente de manera bienintencionada–, teniendo a gala lucir sin vergüenza palmito amĆ©bico neuronal y, a veces, adosado con el refuerzo del escĆ©nico, para ā€˜instruir’ con su vacuidad a los incautos que sucumben a sus encantos sirĆ©nidos.

De tal suerte, en estos solícitos parajes de la comunicación asilvestrada abundan dos tipologías de atorrantes especializados, por mor fÔcilmente detectables: los expertos púberes y los listillos sobresabidos. O bien, para ser mÔs precisos en su catalogación: los insolvencers y los crecepelistas.

De entre los primeros, son de reseƱar la abundancia de tiernos veteranos, acaso desorientados y en vĆ­a muerta, y al amparo de asociaciones, institutos y observatorios innecesarios, asĆ­ como de revistas y agencias monas, queriendo jugar a ser reporteros cubresaraos y entrevistadores nivel khardasian, desconociendo que en su intento de desempeƱo de la honrosa prĆ”ctica periodĆ­stica, el predicado sucede al sujeto, y que las mĆ­ticas cinco W procede que sean respondidas. Por cierto, en este colectivo zote tambiĆ©n recalan los podcasteros de flĆ”cido fluzo, tan venidos arriba Ćŗltimamente. De tal guisa, tambiĆ©n los neófitos, justitos en su destreza comunicacional y desbocados en su temeridad, se zambullen guapamente en el gĆ©nero, demostrando flojera de escrĆŗpulos y ā€˜nivelaso tĆ©snico’ con palabrerĆ­a falsaria cuando no directamente cibercursi pero muy hialurónica.

Al respecto viene a colación recordar lo cantado por el espantapĆ”jaros en el Mago de Oz: ā€œā€¦Si yo tuviera un cerebroā€, instante en que la cĆ©lebre Dorothy le pregunta al interfecto quĆ© harĆ­a si lo tuviera. Pues eso, que el sonrojo y el bochorno brillan por su ausencia en estos ases de la ā€˜ainformación’ con la azotea extraviada y a merced de los ansiados likes y followers. En fin.

De otro lado, deambulan los especĆ­menes de Ć©tica distraĆ­da, vendehumos recalcitrantes, cual astrolohackers en playback, ansiosos por medrar por los escenarios congresuales para exhibir su precoz insustancialidad minifaldera, su huera pero perfumada autoadoración cognitiva –sin necesidad de abuela–, o mismamente, reiterar su tabarra reincidente, tipo Monsergas FetĆ©n, a cargo de un sardinete sermonero que a duras penas disimula su desfachatez mercantilista, instando –habrase visto– a que los CISOs, Ā”toma ya! sean mĆ”s proactivos. Ā”Hip hip hurra por tan enlatada originalidad y hallazgo ocurrencial!

TambiĆ©n deambulan otros próceres de mĆŗltiples barajas que, tras el reiterado fracaso pymeril de dotarse de ciberprotección asumible, ahora proclaman erigirse con su ā€˜mano’ milagrosa en heraldos de la ciberseguridad para este frĆ”gil colectivo por lo que, y ahora sĆ­ Ā”Eureka! (con el evanescente apoyo de entes territoriales con arraigo) disponen del bĆ”lsamo de fierabrĆ”s para dotarlas, con escalabilidad a destajo, de la ansiada carencia.

Como consuelo, reconforta constatar cómo expertos de enjundia –dizque RomĆ”n RamĆ­rez, Alfonso MuƱoz, Rafa López… y tantos otros–, desenmascaran en las redes sociales profesionales a estos crecepelistas de escueto y opacado pedigrĆ­ curricular al tiempo que despotrican –con toda la razón– contra la patulea mayoritaria de ā€˜pofesionales’ de los RRHH que, como directos causantes por sus cicateras y engaƱosas ofertas, enturbian las legĆ­timas y merecidas retribuciones de los ejercientes de la protección cibernĆ©tica en sus muy dispares pero necesarias especialidades, prometiendo precarios emolumentos a CISOs pĆŗberes de, toma ya, dilatado expertise.

No sé si el bochornoso espectÔculo que ha venido aflorando en el colectivo de la industria política contagiarÔ a nuestro sector y el efecto corrosivo de la Titulosis (copyright Lorenzo Silva) también nos salpicarÔ, pero el peligro aluminósico de este deterioro no es trivial desestimarlo.

En fin, quĆ© le vamos a hacer. Soy de la vieja escuela en la que se nos grabó a fuego aquello de preservar por encima de todo ā€˜la verdad veraz’. El conocimiento, ademĆ”s de la decencia, han de sobrevivir y perseverar, bien arropaditos por la calidad expresiva y la integridad periodĆ­stica.

Como colofón a esta tribuna, apelando a la finura del gran Groucho, deberĆ­amos aplicarnos su sarcĆ”stica afirmación para con esta ralea exhibicionista a la que he aludido, diciĆ©ndoles: ā€œNunca olvidamos una cara, pero con ustedes vamos a hacer una excepciónā€. Ea.