Se hacen cisoplastias

En jerga ā€˜cirujĆ”nica’, ratificada por la RAE, el tĆ©rmino mĆ©dico Plastia significa: ā€˜Operación quirĆŗrgica con la cual se pretende restablecer, mejorar o embellecer la forma de una parte del cuerpo, o modificar favorablemente una alteración morbosa subyacente a ella’. Traer a colación este tĆ©rmino y acción, y maridarlo con el oficio de los responsables de la seguridad digital es, por supuesto, intencionado. Y sĆ­, aplica.

ConvendrÔ conmigo, avezado lector, que el oficio estÔ sufriendo una convulsión nunca antes conocida. El escepticismo estructurado de su mandatoria función, cual es la de ejercer una desconfianza persistente y cuestionarlo todo, pero sin torpedear el rumbo negocial, empieza a ver crecientes y amenazadores nubarrones.

El zarandeo a lo cómodamente establecido –dimensión ciber, incluida– por fuerzas geopolĆ­ticas en caótica pero decidida estampida hacia lo incierto, por un caos regulatorio que a todos atraganta por el entrecruce de tanta encomienda, a lo que se suma el inmisericorde desenfreno de una herramienta ’reviĆ©ntalo todo’ de Ćŗltima generación, estĆ”n propiciando que los CISOs, en no pocas tesituras, queden desbordados y al pairo, ora renuentes a mojarse ora con rumbo dubitativo ante un ā€˜por venir’ arcano e insufriblemente cambiante.

Mostremos un botón: el entrecruce de los Ć”mbitos de la privacidad, GRC y la seguridad digital, dopados todos con encomiendas crecientes y ciertamente solapantes. Este hecho parece estar dando ventaja competitiva al colectivo de DPOs y expertos en cumplimiento, quienes con su flamante bagaje jurĆ­dico salivan ante el complejo escenario regulatorio haciendo valer su activo frente a tanto governalle de la protección tecnológica, reacio a asumir tareas de ā€˜superficie’ y atragantado por digerir retos alejados de la zona del sofisticado confort ciber.

Mostremos un segundo botón: La regordeta IA es un nuevo espacio de dominio que ha de cabalgarse previo domestique, pero por ahora sin posibilidad real de embridar su desate, detenerla y coger sus riendas de cara a un destino impreciso vĆ­a jungla aĆŗn por seƱalizar. Sus ā€˜oponentes’, antes bien, han de torear un morlaco embozado que embiste y permea por toda la empresa a expensas de erigirse en una insider sin inventariar, propensa a embaucar a sus ingenuos usuarios quienes, a hurtadillas, al parecer se escaquean de sus deberes y sucumben a sus encantos.

Lo que sĆ­ parece cierto, a tenor de lo recogido en el informe Seemplicity –que se hace eco del sentir de un importante colectivo de CISOs– es que en torno al 85% de los encuestados reveló sentir mayor presión para mejorar sus habilidades comunicativas, interpersonales y empresariales como resultado de la adopción de la IA. Y el 82% piensa que las habilidades sociales son mĆ”s cruciales para su Ć©xito que hace cinco aƱos, por lo cual cabe tomar nota.

Y como no hay dos sin tres, allĆ” vamos con un tercer botón. Con desconcertante frecuencia, ciertos responsables de la ciberprotección se muestran renuentes a participar, por ejemplo, en el sofisticado y crucial tinglado que se avecina: las faltriqueras digitales europeas, abocadas a su feroz confrontación con las propuestas gringas dominantes en pos de una supremacĆ­a de la identidad, wallets europeos vs gringos y orientales mediante. Y sĆ­, hay que controlar, y mucho, de este tema, para que no se les escape en la llevanza en sus organizaciones y subsiguiente interacción de estas con terceros. La cadena de suministro de la identidad estĆ” llamada a desempeƱar un papel crĆ­tico y no se la estĆ” ā€˜identificando’ ni ā€˜viendo’ venir suficientemente.

Como postre y rĆŗbrica, es de jolgorio constatar cuĆ”ntos ā€˜cisotherians’ se arrogan hoy la función proviniendo de Ć”mbitos comerciales, escuetamente facultados a interactuar con solvencia y soltura, ante los CISOs verĆ­dicos a los que apelan, haciendo gala de su escuĆ”lida charlatanerĆ­a con tal propósito en congresuelos de todo a cien sin sonrojarse.

No estÔ muy claro si estos convulsos tiempos también suponen para el oficio, succionado por un vórtice de frenesí, una tierra de oportunidades desaprovechadas que acaso malogren su devenir y les conviertan en piezas desechables del tablero digital. O, si por el contrario, la llegada, incluso de CISOs agénticos, pueda nutrir de combustible renovado al cargo.

Es un hecho que el rol del CISO se estƔ fusionando con funciones de datos y estrategia empresarial, dando lugar a cargos hƭbridos, mƔs ambiciosos y con responsabilidades adicionales.

AdemĆ”s de proteger el ecosistema, los lĆ­deres del asunto habrĆ”n hoy de abordar, amĆ©n de sus funciones habituales ya de por sĆ­ hormonadas, la innegable vinculación –como nunca, dirĆ­ase– de la seguridad fĆ­sica con lo ciber, amĆ©n de dimensionar sus nuevas relaciones con los ecosistemas industriales e incluso, con la Defensa, toda vez que las amenazas transnacionales parecen abocar a construir mallas multisectoriales con todo tipo de actores en sana y preventiva alianza. En esta Ćŗltima faceta cabe aƱadir la creciente necesidad de suministrar ciberescolta a demanda y consolidar el uso Ć©tico de la IA.

Así pues, ojo avizor al merodeo, sin duda creciente, de quienes podrían abalanzarse en pos de las suculentas tareas que sobrevienen al atribulado CISO. Cabe referirse a los CSOs con querencia por acreditar hackers-jurado, a los CAIOs, a los DPIAOs y, cómo no, a los de la transustanciación digital con el control por montera.

Por ello y ante estos aconteceres, se sometan o no a cisoplastias IAlurónicas, todo este zarandeado colectivo harĆ­a bien en no quedarse pasivo y aplicarse el cuento. Y para ello quĆ© menos que evocar lo que sabiamente decĆ­a el gran poeta Antonio Machado: ā€œHoy es tiempo todavĆ­aā€.

Uno de mis maestros del periodismo, RaĆŗl del Pozo, recientemente fallecido, corrobora este empeƱo con una sentencia tremenda que procede aplicar aquĆ­: ā€œNo pienso acudir a mi entierroā€. Ea.