Se hacen cisoplastias
En jerga ācirujĆ”nicaā, ratificada por la RAE, el tĆ©rmino mĆ©dico Plastia significa: āOperación quirĆŗrgica con la cual se pretende restablecer, mejorar o embellecer la forma de una parte del cuerpo, o modificar favorablemente una alteración morbosa subyacente a ellaā. Traer a colación este tĆ©rmino y acción, y maridarlo con el oficio de los responsables de la seguridad digital es, por supuesto, intencionado. Y sĆ, aplica.
ConvendrÔ conmigo, avezado lector, que el oficio estÔ sufriendo una convulsión nunca antes conocida. El escepticismo estructurado de su mandatoria función, cual es la de ejercer una desconfianza persistente y cuestionarlo todo, pero sin torpedear el rumbo negocial, empieza a ver crecientes y amenazadores nubarrones.
El zarandeo a lo cómodamente establecido ādimensión ciber, incluidaā por fuerzas geopolĆticas en caótica pero decidida estampida hacia lo incierto, por un caos regulatorio que a todos atraganta por el entrecruce de tanta encomienda, a lo que se suma el inmisericorde desenfreno de una herramienta āreviĆ©ntalo todoā de Ćŗltima generación, estĆ”n propiciando que los CISOs, en no pocas tesituras, queden desbordados y al pairo, ora renuentes a mojarse ora con rumbo dubitativo ante un āpor venirā arcano e insufriblemente cambiante.

Luis G. FernƔndez
Editor
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Mostremos un botón: el entrecruce de los Ć”mbitos de la privacidad, GRC y la seguridad digital, dopados todos con encomiendas crecientes y ciertamente solapantes. Este hecho parece estar dando ventaja competitiva al colectivo de DPOs y expertos en cumplimiento, quienes con su flamante bagaje jurĆdico salivan ante el complejo escenario regulatorio haciendo valer su activo frente a tanto governalle de la protección tecnológica, reacio a asumir tareas de āsuperficieā y atragantado por digerir retos alejados de la zona del sofisticado confort ciber.
Mostremos un segundo botón: La regordeta IA es un nuevo espacio de dominio que ha de cabalgarse previo domestique, pero por ahora sin posibilidad real de embridar su desate, detenerla y coger sus riendas de cara a un destino impreciso vĆa jungla aĆŗn por seƱalizar. Sus āoponentesā, antes bien, han de torear un morlaco embozado que embiste y permea por toda la empresa a expensas de erigirse en una insider sin inventariar, propensa a embaucar a sus ingenuos usuarios quienes, a hurtadillas, al parecer se escaquean de sus deberes y sucumben a sus encantos.
Lo que sĆ parece cierto, a tenor de lo recogido en el informe Seemplicity āque se hace eco del sentir de un importante colectivo de CISOsā es que en torno al 85% de los encuestados reveló sentir mayor presión para mejorar sus habilidades comunicativas, interpersonales y empresariales como resultado de la adopción de la IA. Y el 82% piensa que las habilidades sociales son mĆ”s cruciales para su Ć©xito que hace cinco aƱos, por lo cual cabe tomar nota.
Y como no hay dos sin tres, allĆ” vamos con un tercer botón. Con desconcertante frecuencia, ciertos responsables de la ciberprotección se muestran renuentes a participar, por ejemplo, en el sofisticado y crucial tinglado que se avecina: las faltriqueras digitales europeas, abocadas a su feroz confrontación con las propuestas gringas dominantes en pos de una supremacĆa de la identidad, wallets europeos vs gringos y orientales mediante. Y sĆ, hay que controlar, y mucho, de este tema, para que no se les escape en la llevanza en sus organizaciones y subsiguiente interacción de estas con terceros. La cadena de suministro de la identidad estĆ” llamada a desempeƱar un papel crĆtico y no se la estĆ” āidentificandoā ni āviendoā venir suficientemente.
Como postre y rĆŗbrica, es de jolgorio constatar cuĆ”ntos ācisotheriansā se arrogan hoy la función proviniendo de Ć”mbitos comerciales, escuetamente facultados a interactuar con solvencia y soltura, ante los CISOs verĆdicos a los que apelan, haciendo gala de su escuĆ”lida charlatanerĆa con tal propósito en congresuelos de todo a cien sin sonrojarse.
No estĆ” muy claro si estos convulsos tiempos tambiĆ©n suponen para el oficio, succionado por un vórtice de frenesĆ, una tierra de oportunidades desaprovechadas que acaso malogren su devenir y les conviertan en piezas desechables del tablero digital. O, si por el contrario, la llegada, incluso de CISOs agĆ©nticos, pueda nutrir de combustible renovado al cargo.
Es un hecho que el rol del CISO se estĆ” fusionando con funciones de datos y estrategia empresarial, dando lugar a cargos hĆbridos, mĆ”s ambiciosos y con responsabilidades adicionales.
AdemĆ”s de proteger el ecosistema, los lĆderes del asunto habrĆ”n hoy de abordar, amĆ©n de sus funciones habituales ya de por sĆ hormonadas, la innegable vinculación ācomo nunca, dirĆaseā de la seguridad fĆsica con lo ciber, amĆ©n de dimensionar sus nuevas relaciones con los ecosistemas industriales e incluso, con la Defensa, toda vez que las amenazas transnacionales parecen abocar a construir mallas multisectoriales con todo tipo de actores en sana y preventiva alianza. En esta Ćŗltima faceta cabe aƱadir la creciente necesidad de suministrar ciberescolta a demanda y consolidar el uso Ć©tico de la IA.
AsĆ pues, ojo avizor al merodeo, sin duda creciente, de quienes podrĆan abalanzarse en pos de las suculentas tareas que sobrevienen al atribulado CISO. Cabe referirse a los CSOs con querencia por acreditar hackers-jurado, a los CAIOs, a los DPIAOs y, cómo no, a los de la transustanciación digital con el control por montera.
Por ello y ante estos aconteceres, se sometan o no a cisoplastias IAlurónicas, todo este zarandeado colectivo harĆa bien en no quedarse pasivo y aplicarse el cuento. Y para ello quĆ© menos que evocar lo que sabiamente decĆa el gran poeta Antonio Machado: āHoy es tiempo todavĆaā.
Uno de mis maestros del periodismo, RaĆŗl del Pozo, recientemente fallecido, corrobora este empeƱo con una sentencia tremenda que procede aplicar aquĆ: āNo pienso acudir a mi entierroā. Ea.


