No se me despisten (ni anquilosen)
A estas alturas, este que escribe siente inquietud. Un creciente desasosiego por lo que cabe vislumbrar cuando otea el confĆn europeo, en cuyo horizonte āciberdominios incluidosā asoman amenazadoras no pocas incertidumbres.
No sĆ© si Europa se merece una leve regaƱina, un tirón de orejas o un sopapo bien dado que al fin la haga espabilar ante un panorama planetario atónito āy probablemente felizā con nuestro haraganero devenir. La UE, a rastras, mal y tarde, sumida en un dilema existencial, aĆŗn gandulea y muestra dudas de encaramarse a un futuro inexorablemente ultratecnológico que otros actores tiempo ha vieron ya venir y al que prestos decidieron auparse.
Es desalentadora la percepción de que a la venerable Europa cuasi se la considera una convidada de piedra. Aletargada por un bienestar sustentado por terceros ya hartos de tan grosera gandulerĆa, estos, de manera sagaz y madrugadoramente, se envalentonaron para cabalgar sin miramientos al tigre de la innovación. Y sĆ, los inevitables estragos causados por su decidida apuesta, eran peajes dispuestos a pagar con tal de exprimir los suculentos rĆ©ditos de tan temeraria acción.

Luis G. FernƔndez
Editor
lfernandez@codasic.com
Ni siquiera las sensatas advertencias de los informes Draghi y Letta sobre el Mercado Interior Ćnico y la espesa burocracia bruselense, o las fundadas quejas de las telecos a doƱa Ursula, parecen haberla despertado de una modorra continental, Ćŗnicamente alterada por ocasionales poluciones jurĆdicas a fin de alardear de celo regulatorio para sustentar un idĆlico bienestar y los derechos ciudadanos derivados (ādigitalesā incluso). ĀæCómo? Pues azuzando a la perversa IA, a la que hay que cercar con legislaciones, agencias, observatorios y entidades de control que capen su recorrido y, de soslayo, a los ingenuos innovadores europeos, huĆ©rfanos de guita y encorsetados por la miopĆa de mandamases de viejuna o Ć”tona visión.
Ni siquiera la certera frase de Roberta Metsola, presidenta del Parlamento continental, pronunciada hace escasos dĆas en un diario económico espaƱol, regaƱando por la incontinencia regulatoria: āEuropa ha de simplificarseā, parece haber hecho mella real. Que en el horizonte se esgrima una bien intencionada iniciativa como es la Digital Omnibus no arroja mucha esperanza.
A estas alturas quizĆ” sea fĆŗtil tratar de reconducir la deriva continental. Mientras China y EE.UU. se enzarzan en dominar la infraestructura global y ser hegemónicos, Europa tiene un problema existencial: solo sabe desenvolverse con el lenguaje del derecho y las reglas, pero no el del poder pragmĆ”tico. La abrumadora sobrerregulación (mĆ”s de 100 leyes digitales en la UE, mĆ”s de 1.350 pĆ”ginas de normativas de ciberseguridad en EspaƱa, mĆ”s de 50 transposiciones sin ejecutar...) atolondran a las entidades de toda Ćndole, incapaces de poder aminorar su calvario regulatorio racionalizĆ”ndolo, amĆ©n de desalentar el Ć”nimo inversor forĆ”neo. QuĆ© paradoja que sea incapaz de garantizar la custodia de los datos exigidos o extraĆdos de la ciudadanĆa, cuyos paraderos ya sabemos todos cuĆ”les son (o serĆan).
Por otro lado āy en otros lejanos laresā, tiene bemoles que la estrategia china sitĆŗe a la tecnologĆa como el eje del futuro poderĆo global, y, sin son rojo, proclamen que para 2031 quieren ser lĆderes mundiales en ciencia y tecnologĆa con la fijación, tras repetidas lecciones aprendidas y de aplicarse el cuento, que para no ser vulnerable ha de ser autosuficiente sobre todo en asuntos cruciales como son la tenencia y fabricación de chips y semiconductores, sin descuidar la elaboración de planes prospectivos para industrias emergentes soportados por innovación y manufactura de vanguardia... y, por supuesto, con ciberseguridad de alto octanaje.
De igual modo el otro gran coloso y nĆ©mesis del gigante oriental, galopando desenfrenado al Trump style, espolea el ideario MAGA para reverdecer su supremacĆa, hostigando incluso a sus apanfilados e insolidarios aliados para que nutramos con bastante mĆ”s generosidad de la hasta ahora mostrada, su ansia de consolidar su dominio como potencia planetaria y, claro, megaexportadora tecnológica, casualmente, a costa de sus dependientes hermanos de ideario.
Mal que nos pese, Europa aĆŗn sigue siendo una aglomeración de paĆses de ideario disperso en donde cada uno va a lo suyo y anteponer un objetivo comĆŗn se antoja una tarea nada trivial. Ćnica y excepcionalmente rompimos el maleficio con los proyectos de Airbus, Galileo y CERN. Y lo cierto es que, nos va el pellejo en ello, hemos de lanzarnos a competir en la misma división so pena de ser comparsas de los de siempre.
DirĆase, por ejemplo, que Europa necesita un eurochip prodigioso, bien y robustamente diseƱado, fabricado y āempaquetadoā aquĆ para satisfacer el apetito de potencia computacional requerida sin āapoyoā de chips gringos de ultramar para estas gigafactorĆas de IA. Con la lección aprendida del trastabilleo de Nexperia (PaĆses Bajos), la Comisión no sólo ha de acelerar la presentación de la Ley de Chips 2.0 (parece que se adelanta al primer trimestre de 2026), sino que ademĆ”s ha de aprovechar el consenso para desarrollar un marco a la altura de las ambiciones de la Unión, revisando su estrategia de semiconductores.
Esta apuesta por eurosuperconductores, aunque al inicio su capacidad sea chunga, ha de responder a una fe ciega al apoyo global continental y que la cosecha acabe nutriendo los centros de datos continentales y las IAs que los sustenten, reduciendo dependencias en unas infraestructuras cruciales hasta ahora infravaloradas por estos derroteros.
En cuanto a la ciberprotección europea estricta, tambiĆ©n andamos cojos de soberanĆa y de esfuerzos conjuntos sin dispararnos al pie. Y quĆ© decir del sonrojo a nivel local por la carestĆa al apoyo innovador. Ya en el reciente SecurmĆ”tica, Javier Candau, subdirector General del CCN, enfatizó lo crucial de la autonomĆa tecnológica, que implica la decisión de quĆ© tecnologĆa usar, y que supone independencia operacional y capacidades propias, en tanto que la soberanĆa en estas lides insta a poseer control estratĆ©gico, en su desarrollo, uso y gestión, y, claro, a propiciar nĆtida protección frente a terceros. En este contexto, Daniel SolĆs, al recibir el mes pasado un Premio SIC por su startup Zynap, lo advirtió claro: āhay que hacer mĆ”s esfuerzo por mantener la autonomĆa tecnológica, que muchas veces es mejor acogida fuera que aquĆā.
En nuestras parcelas, se nos ciernen desafĆos colosales. Se avecinan ācarteristasā digitales, habrĆ” que engordar el qubitaje y espolear las QKD con sesera de aquĆ, la ciberprotección satelital ha de hacerse mayor y las infraestructuras de nueva hornada y fantasmas tambiĆ©n han de ser mimadas. ĀæLa interoperabilidad de la buena seguirĆ” siendo una quimera? ĀæCómo certificar lo incertificable (pirotecnia insertada en mĆ”s móviles y derivados aterrizados en Europa sin posibilidad de chequeo)? ĀæCómo ācontrolarā de una vez el software que mueve nuestra sociedad? ĀæY la propia āfragilidadā de la ciberseguridad repetidas veces evidenciada? ĀæSe afianzarĆ” el ciberecologismo ante la basurIA empresarial circulante que ya se echa encima?
En fin, toda esta reflexiva exposición de motivos acabarĆ” en vĆa muerta si se confirmase la fatĆdica aseveración de Hipócrates, quien dijo: āAntes de curar a alguien, pregĆŗntale si estĆ” dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaronā.


