No se me despisten (ni anquilosen)

A estas alturas, este que escribe siente inquietud. Un creciente desasosiego por lo que cabe vislumbrar cuando otea el confĆ­n europeo, en cuyo horizonte –ciberdominios incluidos– asoman amenazadoras no pocas incertidumbres.

No sĆ© si Europa se merece una leve regaƱina, un tirón de orejas o un sopapo bien dado que al fin la haga espabilar ante un panorama planetario atónito –y probablemente feliz– con nuestro haraganero devenir. La UE, a rastras, mal y tarde, sumida en un dilema existencial, aĆŗn gandulea y muestra dudas de encaramarse a un futuro inexorablemente ultratecnológico que otros actores tiempo ha vieron ya venir y al que prestos decidieron auparse.

Es desalentadora la percepción de que a la venerable Europa cuasi se la considera una convidada de piedra. Aletargada por un bienestar sustentado por terceros ya hartos de tan grosera gandulería, estos, de manera sagaz y madrugadoramente, se envalentonaron para cabalgar sin miramientos al tigre de la innovación. Y sí, los inevitables estragos causados por su decidida apuesta, eran peajes dispuestos a pagar con tal de exprimir los suculentos réditos de tan temeraria acción.

Ni siquiera las sensatas advertencias de los informes Draghi y Letta sobre el Mercado Interior Único y la espesa burocracia bruselense, o las fundadas quejas de las telecos a doƱa Ursula, parecen haberla despertado de una modorra continental, Ćŗnicamente alterada por ocasionales poluciones jurĆ­dicas a fin de alardear de celo regulatorio para sustentar un idĆ­lico bienestar y los derechos ciudadanos derivados (ā€˜digitales’ incluso). ĀæCómo? Pues azuzando a la perversa IA, a la que hay que cercar con legislaciones, agencias, observatorios y entidades de control que capen su recorrido y, de soslayo, a los ingenuos innovadores europeos, huĆ©rfanos de guita y encorsetados por la miopĆ­a de mandamases de viejuna o Ć”tona visión.

Ni siquiera la certera frase de Roberta Metsola, presidenta del Parlamento continental, pronunciada hace escasos dĆ­as en un diario económico espaƱol, regaƱando por la incontinencia regulatoria: ā€œEuropa ha de simplificarseā€, parece haber hecho mella real. Que en el horizonte se esgrima una bien intencionada iniciativa como es la Digital Omnibus no arroja mucha esperanza.

A estas alturas quizÔ sea fútil tratar de reconducir la deriva continental. Mientras China y EE.UU. se enzarzan en dominar la infraestructura global y ser hegemónicos, Europa tiene un problema existencial: solo sabe desenvolverse con el lenguaje del derecho y las reglas, pero no el del poder pragmÔtico. La abrumadora sobrerregulación (mÔs de 100 leyes digitales en la UE, mÔs de 1.350 pÔginas de normativas de ciberseguridad en España, mÔs de 50 transposiciones sin ejecutar...) atolondran a las entidades de toda índole, incapaces de poder aminorar su calvario regulatorio racionalizÔndolo, amén de desalentar el Ônimo inversor forÔneo. Qué paradoja que sea incapaz de garantizar la custodia de los datos exigidos o extraídos de la ciudadanía, cuyos paraderos ya sabemos todos cuÔles son (o serían).

Por otro lado –y en otros lejanos lares–, tiene bemoles que la estrategia china sitĆŗe a la tecnologĆ­a como el eje del futuro poderĆ­o global, y, sin son rojo, proclamen que para 2031 quieren ser lĆ­deres mundiales en ciencia y tecnologĆ­a con la fijación, tras repetidas lecciones aprendidas y de aplicarse el cuento, que para no ser vulnerable ha de ser autosuficiente sobre todo en asuntos cruciales como son la tenencia y fabricación de chips y semiconductores, sin descuidar la elaboración de planes prospectivos para industrias emergentes soportados por innovación y manufactura de vanguardia... y, por supuesto, con ciberseguridad de alto octanaje.

De igual modo el otro gran coloso y némesis del gigante oriental, galopando desenfrenado al Trump style, espolea el ideario MAGA para reverdecer su supremacía, hostigando incluso a sus apanfilados e insolidarios aliados para que nutramos con bastante mÔs generosidad de la hasta ahora mostrada, su ansia de consolidar su dominio como potencia planetaria y, claro, megaexportadora tecnológica, casualmente, a costa de sus dependientes hermanos de ideario.

Mal que nos pese, Europa aún sigue siendo una aglomeración de países de ideario disperso en donde cada uno va a lo suyo y anteponer un objetivo común se antoja una tarea nada trivial. Única y excepcionalmente rompimos el maleficio con los proyectos de Airbus, Galileo y CERN. Y lo cierto es que, nos va el pellejo en ello, hemos de lanzarnos a competir en la misma división so pena de ser comparsas de los de siempre.

DirĆ­ase, por ejemplo, que Europa necesita un eurochip prodigioso, bien y robustamente diseƱado, fabricado y ā€˜empaquetado’ aquĆ­ para satisfacer el apetito de potencia computacional requerida sin ā€˜apoyo’ de chips gringos de ultramar para estas gigafactorĆ­as de IA. Con la lección aprendida del trastabilleo de Nexperia (PaĆ­ses Bajos), la Comisión no sólo ha de acelerar la presentación de la Ley de Chips 2.0 (parece que se adelanta al primer trimestre de 2026), sino que ademĆ”s ha de aprovechar el consenso para desarrollar un marco a la altura de las ambiciones de la Unión, revisando su estrategia de semiconductores.

Esta apuesta por eurosuperconductores, aunque al inicio su capacidad sea chunga, ha de responder a una fe ciega al apoyo global continental y que la cosecha acabe nutriendo los centros de datos continentales y las IAs que los sustenten, reduciendo dependencias en unas infraestructuras cruciales hasta ahora infravaloradas por estos derroteros.

En cuanto a la ciberprotección europea estricta, tambiĆ©n andamos cojos de soberanĆ­a y de esfuerzos conjuntos sin dispararnos al pie. Y quĆ© decir del sonrojo a nivel local por la carestĆ­a al apoyo innovador. Ya en el reciente SecurmĆ”tica, Javier Candau, subdirector General del CCN, enfatizó lo crucial de la autonomĆ­a tecnológica, que implica la decisión de quĆ© tecnologĆ­a usar, y que supone independencia operacional y capacidades propias, en tanto que la soberanĆ­a en estas lides insta a poseer control estratĆ©gico, en su desarrollo, uso y gestión, y, claro, a propiciar nĆ­tida protección frente a terceros. En este contexto, Daniel SolĆ­s, al recibir el mes pasado un Premio SIC por su startup Zynap, lo advirtió claro: ā€œhay que hacer mĆ”s esfuerzo por mantener la autonomĆ­a tecnológica, que muchas veces es mejor acogida fuera que aquĆ­ā€.

En nuestras parcelas, se nos ciernen desafĆ­os colosales. Se avecinan ā€˜carteristasā€˜ digitales, habrĆ” que engordar el qubitaje y espolear las QKD con sesera de aquĆ­, la ciberprotección satelital ha de hacerse mayor y las infraestructuras de nueva hornada y fantasmas tambiĆ©n han de ser mimadas. ĀæLa interoperabilidad de la buena seguirĆ” siendo una quimera? ĀæCómo certificar lo incertificable (pirotecnia insertada en mĆ”s móviles y derivados aterrizados en Europa sin posibilidad de chequeo)? ĀæCómo ā€˜controlar’ de una vez el software que mueve nuestra sociedad? ĀæY la propia ā€˜fragilidad’ de la ciberseguridad repetidas veces evidenciada? ĀæSe afianzarĆ” el ciberecologismo ante la basurIA empresarial circulante que ya se echa encima?

En fin, toda esta reflexiva exposición de motivos acabarĆ” en vĆ­a muerta si se confirmase la fatĆ­dica aseveración de Hipócrates, quien dijo: ā€œAntes de curar a alguien, pregĆŗntale si estĆ” dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaronā€.